jueves 25 de agosto de 2011

Convocatoria para escritos y partituras, call for papers and scores. Plurentes


Convocatoria para publicar escritos y partituras en la revista digital Plurentes Artes y Letras. Bachillerato de Bellas Artes. UNLP (Universidad Nacional de La Plata) Argentina ISSN 1853- 6212
http://revistas.unlp.edu.ar/index.php/PLR/index
La revista Plurentes. Artes y Letras es un espacio del Bachillerato de Bellas Artes dependiente de la Universidad Nacional de La Plata que contempla la divulgación de trabajos de investigación provenientes de distintos campos disciplinares y de distintos ámbitos académicos y artísticos. Debido a que su formato responde a las exigencias del CAICYT-CONICET y tendrá su número de registro ISSN correspondiente, acepta también contribuciones de autores externos a dicha institución universitaria. Fecha de recepción de trabajos desde el 1 de junio hasta el 30 de septiembre de 2011.
Instrucciones
Podrán participar compositores e investigadores de cualquier nacionalidad sin límite de edad.
Una obra por compositor y en cualquier idioma.
Partitura completa en formato PDF para su publicación on line.
Cualquier estilo, duración e instrumentación son posibles, solista, música de cámara o ensamble. En caso de tener un formato electroacústico deberán especificarse los requerimientos técnicos o, a solicitud de eventuales intérpretes, disponer el compositor de los materiales necesarios para la ejecución.
Las obras deberán ser inéditas o bien tener la autorización correspondiente del editor. Pueden haber sido estrenadas con anterioridad a esta convocatoria.
La convocatoria no es anónima.
No existe remuneración económica para las obras seleccionadas.
Las partituras deberán ser enviadas por e-mail a la redacción de la revista PLURENTES plurentes@gmail.com
Los compositores al participar en esta convocatoria aceptan la libre distribución de su obra por internet.
10. Los envíos se recibirán hasta el día 1 de septiembre de 2011
11. La selección de partituras será realizada por tres músicos reconocidos dentro del ámbito musical. La decisión será notificada por e mail.
12. El compositor deberá adjuntar su curriculum -cuya extensión no excederá las 200 palabras-, su contacto y su institución de procedencia si la hubiera.
Información y contacto por favor escriba a plurentes@gmail.com


Calling for scores and papers to publish in the digital magazine Plurentes arts literature. Bachillerato de Bellas Artes. UNLP (Universidad Nacional de La Plata) Argentina ISSN 1853- 6212
http://revistas.unlp.edu.ar/index.php/PLR/index
Pluerentes magazine. Art and Literature is concerned with making known research work from different disciplines and academic and art fields (the particulars are mentioned in the following section). Its format is according to CAICYT-CONICET requirements.
The editorial profile- objective, themes and pretended readers, takes into account a universe that can involve different themes and approaches related to artistic activities in general, literature, philosophy, history and pedagogic investigation. Therefore, the main “corpus” (papers, research papers, congress presentations) will not be subjected to a particular theme axis.
We are looking forward to receiving your contribution. We will be glad to answer any inquiry at: plurentes@gmail.com
We inform that academic and art papers (fine arts, music, literature, cinema, photography) will be admitted from June 1st to September 30st to be published.

Instructions
1. Composers or authors from any country and no age limit are allowed to participate.
2. Only one piece per composer in any language.
3. The whole score must be in PDF format for its on line publication.
4. Any style, duration and instrumentation are possible, soloist, chamber or coupling music. In the case of an electroacustic format, the technical requirements must be specified or, if asked by the contingent interpreters, the composer may have the necessary materials available for the performance.
5. Works must be either unpublished or have the editor corresponding authorization.
6. The calling is not anonymous.
7. There is no economic compensation for the chosen works.
8. Scores will only be accepted in digital format. Therefore, authors must get into the
page http://revistas.unlp.edu.ar/index.php/PLR/index and register themselves in
“On line sendings” following its indications. They are also asked to send a back up
copy by mail as a PDF adjunct archive to plurentes@gmail.com
9. Composers accept the free distribution of their work in internet when accepting the participation in this calling.
10. Works will be received from June 1st to September 1st, 2011..
11. The score selection will be carried out by three well-known musicians belonging to the music ambit. The decision will be notified by mail.
12. The composer must enclose his/her CV which extension will not be more than 200 words, his/her contact and institution of origin if any.

More information please contact

plurentes@gmail.com

miércoles 13 de julio de 2011

Mario Betteo Barberis * : Cómo hablar de lo que no tiene palabras.



“La música es inexorable”

“¿Cómo se las arregla el lenguaje para decir algo acerca de la música?”, pregunta el autor de este ensayo: “Con pobreza y dificultad, con el auxilio del adjetivo”, contesta. Pero, “¿se puede hablar de la música sin adjetivos?”. Su respuesta se referencia en Daniel Barenboim, Roland Barthes y otros autores para indagar en eso que “es y no es un lenguaje que juega en el interior del cuerpo”.

“Me falta algo cuando no escucho música, y si escucho música, entonces empieza realmente a faltarme algo.
Esto es lo mejor que sé decir acerca de la música.”
Robert Walser, en Las composiciones de Fritz Kocher

Michel Tournier, en El árbol y el camino (ed. Alfaguara), hace algunas preguntas muy simples acerca de la música: “De todas estas innumerables horas pasadas en compañía de Johann Sebastian Bach o de Claude Debussy, ¿qué es lo que queda? Está claro que tamaña cantidad de tiempo consagrado a cualquier otra cosa –chino, astronomía, dominó o prestidigitación– habría hecho de mí un maestro en la especialidad. ¿Dónde está el fruto por tanto? ¿Para qué han servido tantas y tantas horas de audición? ¿Y en qué, por ejemplo, gana una obra literaria con la presencia de la música?”.

Para Tournier, una especie de rivalidad se juega entre la música y las letras. Otras opiniones van en esa dirección. Victor Hugo se sublevaba y decía: “Prohibido colocar música a lo largo de mis versos”. Otra frase de Tournier lo ilustra ejemplarmente: “Así, uno de los resortes principales de la dinámica musical es la creación de una ausencia, de una presencia al revés, en hueco, de una necesidad cada vez más imperiosa de lo que va a seguir”.

Ese estilo de relatar algo de la experiencia de escuchar música invita a que dediquemos un tiempo a recoger impresiones subjetivas acerca de la audición de la música. Brad Mehldau, pianista de jazz y compositor, dice en el programa que se adjunta en su CD Elegiac Cycle (el lector puede ir a la página http://soportablehorror.blogspot.com y pulsar el enlace correspondiente: verá el texto y escuchará la música) que uno de los aspectos del arte más atractivos para él es la “manera aparentemente mística de elevar la vida de todos los días, trascenderla, al otorgarle belleza. Estar expuesto a nueva música o nueva literatura es algo que requiere un detalle”. Para Meldhau –y esto es lo importante– el encuentro con la música nunca es un descubrimiento, sino al contrario, es “la confirmación de alguna cosa compartida entre el compositor y yo, sentimientos traslapados, si pudiera decirse. Resulta algo así como la constatación de un parentesco, un “ése eres tu”, una celebración entre el artista y el espectador, a la manera de un “partir juntos el pan”.

El arte le habría permitido a Brad Meldhau, en la infancia, ponerse en contacto con algo del orden de la muerte pero de una manera francamente tangible. Tocar una “eternidad” que no es la del tiempo, sino la de aquello que no cambia. Está allí, y estará. Pasar por el lugar común de la vida y de la muerte. Esa especie de exaltación que acompaña en ocasiones a la música no tiene nada que ver con la moral, sino con la confirmación de la brevedad de la vida y de la apariencia de eternidad del arte. Escuchar una música que nos produce un shock o un deslumbramiento o un impulso en ocasiones desenfrenado por escuchar más –comenta Meldhau– viene a ser que “comenzamos a sentir la mortalidad”. La música no representa el tiempo, sino que avanza a través de él. Es cuando el cuerpo experimenta ese cosquillleo, las tripas se mueven, y por esa razón Meldhau grabó el ciclo de elegías, una serie de improvisaciones en la línea de Rilke cuando decía que “nuestra percepción de la belleza es solamente el comienzo del terror”.

La improvisación tiene algo efímero, que una vez tocado se desvanece, y ésa es su fuerza mortal (Meldhau incluso sostiene que la música celebra ironía). El horror y la belleza no vendrían a ser dos polos opuestos de lo estético: uno linda con la otra en una siniestra vecindad.

Es muy habitual hablar acerca del “lenguaje musical”. ¿En qué la música sería un lenguaje? ¿Y si (no) lo fuera, qué es, cómo está estructurada? Continuando con Meldhau, él propone que la música sería “un medio de expresión completamente en el abstracto”. Se puede sostener que la música exprese, que sea ese medio una forma apta para expresar... ¿qué? ¿La música sería un lenguaje sin palabras, y seguiría siendo un lenguaje? Lo que podemos asegurar es que la música pareciera no necesitar referirse a algo por fuera de ella misma para sostenerse, acercándose así a la clásica definición de signo lingüístico de Ferdinand de Saussure: el signo no requiere, para su funcionamiento, que esté presente algún referente en el acto de significación; se basta a sí mismo, en la medida en que es lo que todos los otros signos no son; como si estuviera constituido como un fragmento que contiene al resto sin ser idéntico a él. Forma y contenido son aquí casi parámetros indistinguibles y en música no parece que hubiese lugar alguno para el par objetivo versus subjetivo.

Otro punto de vista es aquel que propone en su autobiografía el pianista y director de orquesta Daniel Barenboim. “La música no sólo expresa las emociones existentes en los seres humanos, sino que es en sí misma una creación humana que pretende imitar a la naturaleza en su más profundo sentido” (Una vida para la música, ed. Javier Vergara). La música tendría, según él, la capacidad de trascender las relaciones emocionales e incluso de estar al margen de ellas. Pero lo que más lo atrajo de la música –dice– fue su particular temporalidad, que no se encuentra en ninguna otra arte. “En la música hay algo inexorable.”

Esa inexorabilidad estaría ligada a algo inflexible, a una dureza implacable, una insensibilidad que se tiñe a veces de fatal. En la música habría algo –no identificado– que se opondría a cualquier tipo de ruego. No hay palabra que la convenza.

Por otro lado, una interpretación musical es algo que solamente existe mientras se toca el instrumento. Cada interpretación es algo totalmente inédito, inaudito, ya que el sonido no se puede mantener indefinidamente: en algún momento hay caída, surge el silencio.

“La música es una parte esencial de mi vida”, dice Barenboim, en tanto lo ha reconfortado y le ha permitido aproximarse a la idea de la muerte, una facultad que no es espontánea en el ser humano. El silencio es lo que está antes y después de la música. No hay saber –recuerdo– acerca del antes del nacimiento, como tampoco lo habrá para el después de la vida. Entonces, la vida es algo que se emparienta con la música en tanto está entre dos silencios, es decir, “entre dos muertes”.

“No hay mejor evasión en la vida que la que se logra a través de la música, como tampoco hay mejor manera de entender la vida que a través de la música”, agrega Barenboim. En esa evasión (evasión de qué de la vida) y en ese entender (qué de la vida) no parece que hubiera mucho espacio para algo más. Barenboim confiesa que aquello que se recibe de la música tiene que ver con el sonido, la manera en que el músico puede controlar el sonido, la emisión, sostener el sonido en el mismo nivel, algo tan difícil como mantener en el aire un objeto venciendo la ley de la gravedad. “He experimentado algo parecido al dolor físico cuando se deja que la frase (musical) concluya sin guardar relación alguna con la parte precedente o con la que viene después.” Las notas también sufren de agonías.

Además, Barenboim considera que la música es pensamiento; las notas están organizadas de manera que tengan una “relación recíproca”. Sin embargo, continúa, la expresión en música es la creación de algo que el sonido no posee intrínsecamente. Es la cualidad embriagadora de la música. Barenboim se apoya en Spinoza para comentar que una frase tiene su sitio en la composición musical de la misma manera que cada ser humano tiene su lugar en el universo. En Spinoza, la felicidad es el conocimiento del lugar que se ocupa en el universo.

Baremboim advierte que “en la música no existe una separación entre pensamiento y emoción, entre racionalidad e intuición; todos esos elementos constituyen una unidad. Einstein dijo que lo más inexplicable del universo es que es explicable. Se podría casi parafrasearlo diciendo que lo más explicable de la música es que es inexplicable. Después de toda observación y análisis, siempre hay un elemento que sigue siendo incomprensible. En eso estriba para mí el carácter trascendental de la música”.

En el cuerpo, en el sexo

¿Cómo se las arregla el lenguaje para decir algo acerca de la música? Con pobreza y dificultad, con el auxilio del adjetivo. El adjetivo es el muro imaginario con el cual el sujeto se protege de una pérdida que siente que lo amenaza; hay que asegurar que aquello que se escucha no termine destruyendo las pocas y necesarias certidumbres. ¿Se puede hablar de la música sin adjetivos?

La música es y no es un lenguaje que juega en el interior del cuerpo, en el sexo, en el vientre que late. Hay momentos en que se pierde la distinción entre compositor, intérprete y auditor: todo auditor ejecuta lo que escucha. El cuerpo, con la música habla, declara. Habla para no decir nada. Es una palabra no lingüística sino corporal. Roland Barthes lo dice así: “Las figuras del cuerpo que son figuras musicales no me resultan fáciles de nombrar. Para llevar a cabo esta operación es necesaria la capacidad metafórica (¿cómo explicar mi cuerpo sino con imágenes?) y esta capacidad puede fallarme en algún momento: algo se agita dentro de mí, pero no encuentro la metáfora adecuada. Así me sucede con la Quinta Kreisleriana (de Schumann) que tiene un episodio (más bien un acontecimiento) que me obsesiona pero cuyo secreto corporal no acabo de penetrar: se inscribe en mí, pero no sé dónde: ¿en qué parte, en qué región del cuerpo y de la lengua? En cuanto a cuerpo (en cuanto a cuerpo mío), el texto musical está agujereado de pérdidas: lucho por hallar un lenguaje, una denominación: ¡mi reino por una palabra!, ¡ah, si supiera escribir! La música sería, pues, lo que lucha con la escritura”

Y agrega: “En la música (...), el referente es el cuerpo. El cuerpo pasa a la música sin otro relevo que el significante. Ese pasaje –esa transgresión– hace de la música una locura: no solamente la música de Schumann, sino toda música. Con relación al escritor, el músico está siempre loco (y el escritor, él, jamás puede serlo, ya que está condenado al sentido)”.

Para dar con ese secreto corporal que promueve Barthes, es inútil el recurso de la metáfora. Y esto es lo más interesante de su apuesta: en la falla, en la imposibilidad del recurso a ese aparato lenguajero que es la metáfora, el cuerpo puede mostrarse como extraño al nombre. Barthes cita a Ricardo III y su grito implorando un escape cuando todo ya está perdido.

El cuerpo se presenta entonces como aquello que forma una especie de lastre y del cual no es posible sacárselo de encima. Nunca se escucha música sin el cuerpo. Y allí mismo es donde hace su aparición la locura.

La música funciona como un buen lastre para no derivar más de la cuenta, cosa que en general los adolescentes confirman por el uso incondicional que hacen de la música. Diríamos, con Barthes, que el escritor se debe plegar al sentido pero esa condena no se le aplica al músico.

Simulacro de un lenguaje, rito de una agonía de la significación; se aloja en la raíz del cuerpo que no aloja el lenguaje, raíz de la sublimación. La voz musical, esa que canta sin que necesitemos saber lo que dice, rechaza lo edípico. Hay una especie de fricción entre la lengua y lo musical. La música no vacila, ni desplaza, ni metaforiza. ¿Inhumana tal vez?

* Psicoanalista. Texto extractado de El soportable horror de la música, de reciente aparición (ed. Letra Viva).

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jueves 7 de julio de 2011

Karlheinz Stockhausen: PROZESSION por Klang


Queridos amigos los invitamos a nuestro concierto: Stockhausen por Klang ensamble

Esta obra –N° 23 de su catálogo- fue compuesta en el año 1967 en Colonia (Alemania) para el grupo de instrumentistas con el que Stockhausen trabajaba entonces. Está compuesta alrededor de lo que llamó “música intuitiva” y que consiste en una música que se construye alrededor de la improvisación y el azar partiendo de mínimas pautas. La composición ocurre en tiempo real por parte de los intérpretes que improvisan pero los materiales sonoros provienen de obras escritas por Stockhausen en una suerte de interpretación alrededor de su estilo o improvisación alrededor de su universo sonoro. La versión que aquí presentamos está estructurada siguiendo estos lineamientos además de sus indicaciones en cuanto a los instrumentos: cuarteto instrumental consistente en percusión, instrumento monódico, instrumento electrónico y piano.

Karlheinz Stockhausen: (Mödrath 1928-Kürten, Kettemberg 2007)
Uno de los compositores alemanes más influyentes del siglo XX luego de la segunda posguerra, discípulo de Frank Martin y Olivier Messiaen desarrolló la música serial en la escuela de Darmstadt continuando los postulados de Arnold Schönberg con Luigi Nono, Luciano Berio y Pierre Boulez en obras como sus Klavierstücke I-XI -Piezas para piano (I-XI) (1953-56) la música electrónica en Colonia con Herbert Eimert como en Gësang der Jüngenlinge -Canto de los adolescentes- (1965) y los estudios I, II (1954) y Telemusik (1966) e incorporó las matemáticas en Mantra (1970) y el azar en la composición como en Prozession (1967), Aus den sieben tagen -De los siete días (1967/68)- y la interpretación como en Tierkreis –Zodiaco- (1976) hasta la monumental Licht –Luz- ópera que dura siete días. Citado como influencia tanto por su obra como asimismo su pensamiento musical por artistas tan disímiles como Wolfgang Rihm, Helmut Lachenmann, Miles Davis, Herbie Hancock, Pink Floyd, The Beatles -aparece en la portada de Stg Pepper- Björk, Sonic Youth entre otros. Del contacto con la filosofía judeocristiana, hindú y budista propuso una particular visión del arte que pone de manifiesto la ceremonia y la ritualidad en una unión intima entre el hombre y el universo. Su última obra, inconclusa y titulada Klang (sonidos) está basada en las diferentes horas del día.

Klang Ensamble
Se fundó en La Plata en el año 2005 con el objetivo de investigar, ejecutar y difundir música contemporánea a partir del interés con las propuestas estéticas de nuestro tiempo. Hizo su debut con un repertorio dedicado a la Escuela de Nueva York con obras de John Cage, Morton Feldman y Christian Wolff. Ha estrenado obras escritas para el ensamble tomando como punto de partida la obra + - del compositor japonés Takehisa Kosugi y recreada por compositores argentinos y extranjeros como Marco Balboni, Mario Allende, Martín Robla, Tom Izzo, Alexandra Karastoyanova-Hermentin, Marcelo Rodríguez, Diego Chávez Vargas y Emanuela Ballio. Ha ofrecido conciertos en diversas ciudades del país con un repertorio que incluye obras de Christian Wolff, John Cage, Morton Feldman, Edgar Varése, Gerardo Gandini, Coriún Aharonián, Mauricio Kagel, Franz Liszt, György Kúrtag, entre otros. Ha participado de festivales dedicados a la música contemporánea como asimismo ha ofrecido workshops en diversas instituciones musicales sobre interpretación en música contemporánea.

Fabio Maliandi: flauta y saxo soprano
Omar Farías: percusión
Luis Menacho: piano
Marco Balboni: sintetizador

domingo 26 de junio de 2011

Luigi Nono: El error como necesidad


El silencio.
Es muy difícil escucharlo.

Es muy difícil escuchar, en el silencio, a los otros. Otros pensamientos, otros ruidos, otras sonoridades, otras ideas. A través de la escucha, intentamos habitualmente encontrarnos a nosotros mismos en los otros. Queremos encontrar nuestros propios mecanismos, nuestro propio sistema, nuestra racionalidad, en el otro Hay en esto una violencia totalmente conservadora.

En lugar de escuchar el silencio, de escuchar a los otros, esperamos escucharnos todavía una vez más a nosotros mismos. Esta repetición es académica, conservadora, reaccionaria. Es un muro elevado contra el pensamiento, contra aquello que no es posible explicar, todavía, actualmente. Es el producto de una mentalidad sistemática, basada en los a priori interiores o exteriores, sociales o estéticos. Amamos el confort, la repetición, los mitos; amamos escuchar siempre la misma cosa, con sus pequeñas diferencias que nos permiten demostrar nuestra inteligencia.

Escuchar música.
Es algo muy difícil.
Creo que hoy en día es un fenómeno raro.
Escuchamos habitualmente de un modo literario, escuchamos lo que ha sido escrito, nos escuchamos a nosotros mismos... [...]

Para Musil, si existe una sentido de la realidad, debe existir un sentido de la posibilidad. Lo que hemos elegido no es necesariamente justo; quizás lo que no hemos elegido era más justo aún. Pasamos por esta experiencia en el trabajo en el estudio: hay muchos imprevistos, azares, errores. Pero errores que tienen una gran importancia.

Porque el error rompe las reglas. Es una transgresión. Es oposición a la institución establecida. Es lo que nos permite vislumbrar otros espacios, otros cielos, otros sentimientos en el interior y en el exterior, sin dicotomía entre los dos, contrariamente a la mentalidad banal y maniqueísta sostenida hoy en día.

Diversidad del pensamiento musical: no fórmulas, ni reglas o juegos. Sino un pensamiento que transforme el pensamiento de los músicos, más que entregarles un oficio que les permita hacer una música que se dice actual. [...]

En el trabajo de investigación o de ensayo estallan los conflictos. Estos son los momentos más emocionantes. Luego viene la ritualidad del concierto. Pero quizás es posible transformar esa ritualidad y despertar los oídos.

Despertar los oídos, los ojos, el pensamiento, el máximo de interiorización exteriorizada: esto es lo esencial hoy.


Texto que salió originariamente en una edición especial de la revista francesa de música contemporánea "Contrechamps".
Traducido por Gabriel Paiuk.

jueves 23 de junio de 2011

György Ligeti: De la forma musical


La “forma musical” puede ser considerada y descripta desde diversos ángulos.
Una primera aproximación muy general al problema lleva a la siguiente constatación : “se comprende por forma un conjunto de componentes y la relación de sus componentes entre ellos”. Aunque esta definición frecuentemente empleada no solamente en la teoría de la forma musical, sino también en otros contextos que tratan acerca de la forma es sin duda válida, dice bastante poco sobre la naturaleza propia de la forma musical. Esta definición engloba también la descripción de un modelo de esquema “A-B-A” que es el de una “Sonata” o el de un “Rondeau”, desde la articulación del conjunto y de sus componentes hasta los fragmentos y partes menores. En los tipos de música recientes a los que los esquemas de formas tradicionales no se aplican más, la descripción general está centrada sobre las proporciones del conjunto y de sus componentes : se describe pero ya no se interpreta más.

Examinando el problema más en profundidad se percibe que la forma musical es más que la simple relación entre un conjunto y sus componentes. Siguiendo este orden de ideas, son los aspectos sintácticos los que adquieren un rol en primer plano. Cada frase y cada elemento poseen en el interior del proceso musical características que contribuyen a determinar el proceso entero : de su lugar y de su rol en el conjunto -- encadenamiento y ausencia de encadenamiento, afinidad y contraste de los elementos-- resulta un sistema de relaciones que sugiere una continuidad o una detención, es decir una “extensión en el tiempo”. El concepto de “forma musical” se trata entonces no solamente de proporciones en el interior de un conjunto, sino también de la manera en que actúan los componentes en el interior de un todo ; la categoría “función” tiene entonces más peso que la categoría “composición”.

Abordando el concepto “forma musical” a partir del concepto más vasto “forma” se descubre un segundo aspecto : el del espacio. La “forma” es originalmente una abstracción de una configuración en el espacio, es decir de la proporción de un objeto que se extiende en el espacio. Si se aplica esta idea a las categorías que no son del dominio del espacio –forma poética o musical—la “forma” es la abstracción de una abstracción. La procedencia del concepto lleva a unir el dominio del espacio a las formas que se desarrollan en el tiempo. Esto está reforzado por el hecho de que en el universo de nuestra representación y de nuestros pensamientos, tiempo y espacio están siempre unidos : allá donde una de las dos categorías aparecen en primer lugar, la otra se asocia instantáneamente. Cuando se interpreta o se escucha la música, dominio que hace aparecer el procedimiento sonoro en primer lugar, la imaginación crea enseguida relaciones en el espacio sobre varios planos. Primero en el plano de las asociaciones : un cambio de la altura del sonido (ya la palabra indica una analogía con el espacio) evoca la verticalidad, mientras que la duración del sonido evoca la horizontalidad : un cambio de intensidad del sonido, incluso de la sonoridad, por ejemplo de las diferencias entre sonidos abiertos y sonidos “ensordinados”, da la impresión de acercamiento o de alejamiento, genéricamente de profundidad de campo : nos representamos figuras musicales y acontecimientos musicales como si evolucionaran en un espacio que empezaran por crear. Por otra parte la imaginación crea relaciones con el espacio sobre un plano de abstracción secundaria y también puede inventar varias “clases” de espacio. Es así que hablamos por ejemplo de un “espacio armónico” que es una abstracción del espacio de la altura del sonido, nacido por asociación de ideas ; son las relaciones armónicas las que inventan el espacio y no la altura de los sonidos. Nuestra imaginación transporta de igual manera las relaciones sintácticas de los elementos musicales a un espacio virtual ; los diversos elementos (momentos, figuras, fragmentos, partes, etc.) juegan un rol por su posición en tanto objetos y el proceso musical nos parece presente en todo su desarrollo como, por así decirlo, un fenómeno arquitectónico: esto no se aplica solamente a los momentos musicales “estáticos” donde la analogía con el espacio se establece sola por la impresión de detenimiento del proceso musical, pero esta constatación vale lo mismo para cualquier género de música, y también para música “con desarrollo” ; es precisamente porque asociamos involuntariamente cada elemento nuevo a los momentos ya vividos que sacamos de allí conclusiones por el orden en que recorremos el edificio musical, como si esta construcción estuviera presente en su totalidad. Esto no es más que la acción combinada de asociación, abstracción, recuerdo y presunción que hacen hacer este juego de relaciones y que expresan nuestra manera de concebir la forma musical posible.

Las consideraciones precedentes muestran bien la diferencia entre música solamente y forma musical : la “música” es entonces el proceso puramente temporal, la “forma” musical es, por el contrario, la abstracción de este mismo proceso temporal. En el interior del proceso musical, las relaciones no se establecen solamente en el tiempo sino virtualmente en el espacio. No se puede hablar de forma musical más que si una vasta ojeada retrospectiva nos permite ver el espacio en el desenvolvimiento temporal de la música.

Vasta ojeada retrospectiva significa historia. El aspecto histórico no concierne solamente a la forma de cada obra musical sino también, y sobre todo, a las relaciones que se establecen entre la forma de las obras musicales. Entonces no se puede explicar únicamente la función de las partes de una obra sólo por su estructura musical interna : las características de cada elemento así como el encadenamiento de esos elementos no tienen sentido si no se los relaciona con las características generales y los esquemas de encadenamiento nacidos del conjunto de las obras que un estilo dio o de una larga tradición. Sólo se puede calificar de individuales a los elementos a partir de un tipo formado a lo largo de la historia, incluyendo en sí todas sus variantes. En consecuencia, el factor histórico contribuye a definir la forma musical no solamente desde el ángulo de la sintaxis sino también desde una analogía con el espacio ; la sintaxis evoluciona a lo largo de la historia y sufre sus influencias. El espacio virtual de la forma musical no comprende solamente los elementos de una obra particular sino también aquellos de todo su pasado : no solamente los elementos de una música que acabamos de escuchar pero también aquellos de toda música vivida anteriormente están “presentes” en esto que llamamos “forma musical”. El tiempo real de la música, un tiempo que sentimos en la forma musical como un espacio imaginario, no es el único aspecto temporal de una obra : a cada instante estamos bajo el efecto de un tiempo imaginario, matemáticamente hablando de un tiempo elevado a una cierta potencia, nacido de la comprensión del acontecimiento musical antes que el proceso puramente temporal de cada obra particular nos sea definido. El “espacio” deviene en una abstracción del tiempo imaginario : ya la historia –tiempo acumulado y actualizado—posee conexiones de espacio imaginario.
La función histórica en el interior de la fórmula musical puede ser demostrada con ayuda de tipos diferentes que hallan sufrido la influencia de una misma tradición. Tomemos, por ejemplo, la sonata del período clásico vienés : es característico que estos movimientos, gracias a las propiedades que ellos adquirieron a lo largo de la historia, dejen reconocer en todo momento la fase en que nos encontramos : la exposición, la transición, el desarrollo, la reexposición, la coda no son solamente identificadas por su posición en el interior del conjunto sino también y sobre todo, por sus características propias ; se las puede delimitar muy precisamente con la ayuda de índices armónicos, modulatorios, rítmicos, temáticos y hasta dinámicos. Desde que los tipos convencionales de la sonata clásica entran en el contexto musical del Romanticismo, sufren un cambio de significación formal (o bien inversamente : fue el cambio de significación de estos mismos tipos que hizo aparecer el contexto modificado) ; y, por lo tanto, este cambio no fue completo : la nueva significación no es, de hecho, más que un cambio de acento. Tomemos, por ejemplo, uno de los tipos de coda clásica : su final reposa sobre la tónica que se repite acentuando su juego, su ritmo sobre un calderón expandido, su dinámica sobre un fortíssimo de toda la orquesta ; sobre todo en el final de las oberturas y de las sinfonías, su intensidad aumenta y toma el carácter solemne para esperar su apogeo en la época romántica. En Bruckner esta tendencia se vuelve apoteótica, para citar sólo los finales de los dos movimientos de encuadre de la VII Sinfonía. Este ejemplo muestra claramente cuánto ha cambiado el rol de la coda clásica de los Tutti. Los calderones expandidos no son solamente finales : ellos existen así en sí y para sí, como superficie sonora que, todo lo que conservan de su valor original, no es más que la afirmación de “he aquí el final” clásica, pero dan al final una característica sobredimensional lo prolongan, lo mantienen en suspenso : tenemos así la impresión de que el final podría durar eternamente. No toma este sentido más que desde el momento en que se considera no solamente su nueva significación sino también toda la ancianidad legada por la tradición. Si no se ve en esto más que la parte de una obra individual, no queda completamente vacía de sentido sino que su pasado ha perdido en gran parte su profundidad. La forma de una obra musical toma todo su sentido sólo si el auditor ve en su significación toda la cadena tradicional de figuras históricamente emparentadas y donde la presencia no es forzosamente evidente.

El ejemplo –no es el único—permite extraer dos aspectos de la forma musical.
1. Primeramente, ilustra la particularidad del concepto “significación”, referido a la forma musical, o bien, más general, a la música nada más. La significación musical que deja aparecer una analogía entre el lenguaje y ciertos rasgos del contexto musical es, por naturaleza, fundamentalmente diferente del lenguaje : la significación no tiene vínculo directo con el dominio del concepto y no tiene, en consecuencia, más que un “desafinado” sustrato semántico. La música parece liberarnos de las significaciones que se revelan para ilusión en cuanto se trata de fijarlas en un terreno semántico sólido. El elemento musical no tiene significación más que a partir del momento en el que evoca otros elementos musicales. En el dominio de la música nos sorprende la significación misma sino el pasaje de una significación a otra. El hecho de que la sintaxis musical sea esencialmente más flexible y más cambiante que aquella del lenguaje reduce todavía más la analogía lenguaje - música. Aunque sea en parte justificable ver en la música un sistema sintáctico, este sistema tiene lagunas e incoherencias internas. No es por otra parte, un sistema cerrado sino abierto a toda transformación, particularmente en el sentido de la historia. Por eso el sistema no consigue satisfacer las exigencias de un sistema lógico en sí ; por eso también los ensayos que quieren describir a la música utilizando criterios lógicos, o matemáticos, están en su mayoría sujetos a caución . Si el sistema musical presenta aspectos lógicos, ellos son, en efecto, tan ilusorios como sus aspectos semánticos : la música bien puede comunicarnos frases afirmativas de las que ella saca sus conclusiones, salvo que no existen para apreciar estas últimas, criterios de absoluta justeza o verdad. Significación musical y lógica musical no tiene más relación con significación y lógica que el sueño con la realidad.

El ejemplo anterior permite, en segundo lugar, explicitar la particularidad de la función de la forma, no solamente en el marco de cada obra particular, sino también en aquellas obras de toda la tradición histórica. Concluimos en que la forma musical es una categoría que sobrepasa el simple fenómeno musical : en un cierto plano, cada elemento de una obra parte de un sistema de relaciones concerniente a su forma propia ; por otro lado, en un segundo plano, parte de un sistema mucho más largo de relaciones históricas.

Los aspectos históricos de la forma musical fueron notablemente descriptos y presentados por Th. W. Adorno. Mencionemos acá su libro sobre Mahler que es, en muchos aspectos, un recurso precioso para la “teoría de la forma musical histórica”.
El estudio histórico de la forma es tanto más importante ya que, por así decirlo, no está hecho de “materiales” susceptibles de ser “puestos en formas” en el proceso de composición musical. El sonido, el timbre, así pues el sustrato acústico, no pueden ser considerados como materiales de construcción musical, así como la piedra y la madera en escultura. El proceso de la “puesta en forma” en música es más una cuestión de variación de contextos tonales y sonoros : en música el molde modela la forma y no los materiales. Podemos comparar el sistema de la forma musical a lo largo de la historia a una inmensa red extendida a través de los tiempos : cada compositor continúa tejiendo en tal o cual lugar de esta red gigante ; complica el motivo del tejido, hace nudos, hasta un nuevo retomar o deshacer el tejido por el compositor siguiente que introduce nuevos motivos. En ciertos lugares, el tejido no se retoma o la red está desgarrada. Los otros hilos sirven entonces a otros motivos que no tienen aparentemente relación con los precedentes. Y sin embargo de muy lejos, se nota el haz de hilos casi transparentes que recubren disimulando los desgarrones incluso lo que nos parece no existir más que en sí mismo y en rechazar la tradición está, de hecho, secretamente ligado al pasado.

Nosotros hoy somos los primeros testigos de tal desgarrón en el proceso histórico. Si los principales aspectos de la forma –relaciones de partes en el conjunto, analogía con el espacio, tradición histórica—guardan todo su valor, la manera en que este último se impone a nosotros es sin embargo esencialmente diferente de aquella en que estos mismos principios fueron aplicados en la tradición tonal en sí, posee sin embargo, una sintaxis análoga a la de la tonalidad. Esto no quiere decir que los “hilos secretos” de la tradición no estén presentes en toda la última fase de la evolución musical. Nos bastó una mirada retrospectiva sobre una fase bastante larga de esta evolución para que aparecieran sus lazos con el pasado. Hagamos sin embargo una restricción : la tendencia de composición “Ahistórica” que toma su raíz en gran parte de las consideraciones teóricas de Schillinger no puede ser evaluada con los criterios de la forma musical. Esto no significa que estos criterios no tienen más valor en sí mismos : pero las ideas de Schillinger sobre la composición y más particularmente la concepción de Cage que le es próxima no apuntan a la creación de una forma. Pero, por otra parte, así mismo esta música “A-formal” creó una forma usando principios “objetivos”, es decir, independientes de la intención del compositor. Ella ha engendrado esta forma, por así decirlo, a pesar de ella, porque nacida en el tiempo devino histórica y creó una nueva cadena de tradición. Falta saber si la vanguardia europea queriendo rechazar la tradición, y quedando sin embargo ligada porque no supo desembarazarse del contexto histórico, se equivocaba o tenía razón en volver a ciertos aspectos de la concepción de Cage o Schillinger : pues la aplicación de un cierto número de principios “a-formales” a un modo de composición inscripto en un contexto y lo que se genera con ellos es forma, da retrospectivamente una forma a eso que originariamente no debería tenerla. La música a-sintáctica (fácilmente comparable a las lenguas aisladas) del grupo de Cage que tiende a la asimetría absoluta, hasta la incoherencia, en el sentido propio del término, termina por obtener características de coherencia, en la medida en que la supresión deseada de todo lazo con la historia, deviene, sin quererlo, un hecho histórico.

Entre la forma de la música tradicional y esta que llamamos serial donde “más que serial” , estática, hasta lo imprevisto, podemos establecer las diferencias siguientes evidentemente en el marco de una visión de conjunto.
1.- No más esquemas de formas establecidos : cada obra particular debe tener, por su constelación histórica, una forma global única y que le es propia. Retrospectivamente la historia confiere a estas “formas únicas” características comunes que, así como ellas no están más íntimamente ligadas a la fase tonal, hacen de estas creaciones individuales variadas miembros de un “grupo de formas superior”.
2.- La articulación rítmica, y así la del ritmo global de la forma está desligada de toda base métrica. Esto ha abierto, en la articulación rítmica, posibilidades de diferenciación antes insospechadas pero la fuerza creadora de esta forma de articulación ha sufrido trabas debidas al pasaje de una diferenciación muy desarrollada a la “indiferenciación”.

No existe más una sintaxis universal válida, una sintaxis que, a pesar de sus variantes, crea un sistema más o menos coherente como es el caso de la música tonal, atonal o también de la música dodecafónica. Se ha eliminado, en gran parte, la sintaxis en la medida en que ella significa encadenamiento directo. En la medida en que significa posibles sistemas variados continúa existiendo pero se trata allí, de soluciones particulares como en el caso de formas individuales. En el mismo nivel que en este “grupo de forma superior” se establecen relaciones entre los diversos sistemas sintácticos. Pero estas relaciones son demasiado laxas y efímeras para que se puedan extraer reglas generales. (Nuestro propósito no es lamentar este estado de cosas ; nada permite afirmar en qué una sintaxis musical establecida sería preferible a una gran variedad de sistemas sintácticos individuales. La universalidad no es un criterio de arte.) La manera de proceder de Cage, es decir, la negación de toda sintaxis, es un caso límite entre las diversas soluciones sintácticas.

La individualización de la sintaxis va acompañada de un cambio de función. La función de la forma musical en el sentido de la tradición tonal no existe más. En un contexto de formas que no conocen ni esquemas sin equívoco ni relaciones establecidas, es imposible pensar en los elementos que caracterizarían a las fases de una forma por su historia o su pasado. Esto no significa sin embargo que el concepto de función no tenga valor para juzgar las categorías de formas actuales. Estas no son en efecto, más que las características de la función que cambiaron porque la función no es más que una cosa fija en el interior de la forma arquitectónica sino que se vuelve flexible y relativa. Los elementos portadores de la forma son hoy, estructuras móviles y variadas, efectos de repartición del sonido, objetos y superficies sonoras, mezclas de timbres, estructuras de contraste o unión, elementos de construcción o de destrucción que unen o separan. Pero, lo que falta hoy, es el cuadro que nos indique con toda certeza la dirección tomada. El lugar de un elemento en el interior de un todo no implica más la función de ese mismo elemento e inversamente la función que rigen la forma y crean un sistema de relaciones pero la forma global no evoluciona la mayor parte del tiempo en un sentido preciso y sus elementos quedan intercambiables.
Las cuatro particularidades anteriores no son más que la consecuencia unas de otras. La disolución de la tonalidad implica, en definitiva, la desaparición de todo esquema de forma (es evidente que la continuación provisoria de los esquemas de forma en la técnica dodecafónica no podía sobrevivir a la ausencia de sustrato tonal). La regresión de los esquemas de forma, y la equivalencia entre todos los elementos de composición, consecuencia directa de la supresión de la jerarquía tonal, trabaron toda posibilidad de sintaxis universal. La armonía y la sintaxis tonal no evolucionaron más en el tiempo y los esquemas formales desaparecieron. En consecuencia ocurre lo mismo con el carácter de la función formal. Con la desaparición de esta jerarquía, los tipos métricos fundamentales de disposición, etc., fueron igualmente suprimidos. Esta cadena de causas y efectos se alarga a voluntad : en el proceso que describimos, cada momento de la transformación es al mismo tiempo causa y efecto.

Como la función es de vital importancia para que haya forma musical, el problema es saber en qué medida las modificaciones profundas de las características de la forma afectaron a la forma misma.

Si tomamos la música actual usando criterios tradicionales, tendemos a pensar que esta música es “sin forma” : la ausencia del factor tiempo vuelve a la arquitectura de la forma difícil de aprehender. Si al contrario la abordamos haciendo abstracción de los factores tiempo y espacio, se descubrirá toda una serie de posibilidades arquitectónicas de tan fácil acceso como las construcciones en las cuales la forma es tradicional. Las posibilidades van, por así decirlo, del vasto edificio vacío al laberinto subterráneo escondido o también a las aglomeraciones dispersas.
El carácter vectorial de la función de la forma se perdió. Y sin embargo los rasgos comunes persisten, no ocultándose solamente en el dominio histórico. No hay prácticamente más ni analogía con el lenguaje ni cambio de significación tal como describimos en nuestro ejemplo tipo. Pues los puntos que aproximan lenguaje y música no existen prácticamente más en la música con tendencia estática. Por otra parte, nuestra época vio formarse un número considerable de tipos como por ejemplo : los saltos esporádicos a grandes intervalos seguidos de silencio y repetición de los mismos saltos ; superficies sonoras independientes agrupadas en el seno de una misma forma arquitectónica ; objetos sonoros aislados en el espacio ; mezcla de timbres nacidos de una suave y persistente agitación de la batería, del vibráfono y de las campanillas. Estos tipos se afirmaron al punto de convertirse en tan comunes como la cadencia clásica. Adquirieron, con el tiempo, un carácter de valor universal, de manera que un cambio de sus características fue sentido como adquisición complementaria o como derogación. Como por una puerta escondida se deslizan en el contexto musical significaciones que no eran tales, y similitudes rudimentarias con el lenguaje que fueron concebidas voluntariamente antilingüísticas y antisignificativas entraron en el contexto musical.

Es justamente acá donde aparecen todos los problemas de la música actual, la contradicción entre forma deseada y forma efectiva. Ahora que no existen más ni esquemas de forma universalmente válidos ni sistemas sintácticos, los sistemas musicales tienden –y he aquí la paradoja—a fijarse en la historia : no son más los sistemas los que crean la unidad sino que la unidad se establece por los rasgos comunes de varios sistemas . Esta situación paradójica tiene por consecuencia el dejar creer –por error—que el lenguaje musical actual tiene raíces tan sólidas como las de la tradición tonal y toda la tarea de la música moderna no es otra que la de enriquecer o ensanchar la música del pasado. La gran variedad de la sintaxis que va de la mano con una gran pobreza en tipos musicales puede explicarse por el hecho de que a menudo dos obras se parecen como dos gotas de agua y que el espíritu académico parece actualmente imponerse mucho más rápido que en los tiempos pasados.
Debemos preguntarnos cómo y por qué se ha llegado a esta situación paradójica. La razón que es más verosímil es la ausencia de relación directa entre el proceso de composición y el efecto sensorial de la música moderna.

Aunque la música, tal como la entendemos, posee generalmente relaciones internas que corresponden a una sintaxis, esta sintaxis no se recubre siempre necesariamente por el sistema intencionalmente establecido por el compositor. EL desdoblamiento del proceso de composición en una primera fase de puesta en forma –por así decirlo una “preformación” (de elementos y conexiones)— y la “composición propiamente dicha” hasta una división en tres partes –“preformación”, fabricación de la partitura y realización instrumental de la composición—condujo, digamos, a una obstrucción entre la composición y su realización. La división del proceso de trabajo entre la ubicación de los elementos y la manipulación ha creado un estado de hecho que no garantiza más la plena manipulación de los elementos ni, por otro lado, su plena utilización musical ; por un lado, la ubicación de los elementos y la manipulación son considerados como actividades independientes ; por otra parte, hoy se tiende a crear una unidad total en ciertas fases cerradas sobre ellas mismas, de modo que los efectos que ellas producen sean independientes de la continuación. Por otra parte, los compositores crearon unidades en las cuales el carácter propio de la música que podía esperarse era prácticamente imprevisible o no aparece más que muy someramente. Se llegó a reemplazar la unidad musical por una unidad que se limita a las notas. Hay, por así decirlo, una interrupción entre la unidad proceso –de composición, partitura e interpretación musical. Adorno ha reconocido y expuesto muy temprano estos problemas , Metzger criticó –y con justicia—a Adorno por sus generalizaciones demasiado prematuras, aunque es precisamente en las obras representativas de esta época, en particular en las composiciones de Stockhausen y Boulez, en que esta oposición entre notas y música es del todo secundaria : en estos autores hay todavía, a pesar de la división del proceso de trabajo, suficiente fuerza para dar todo su sentido al conjunto y para darnos la impresión de una forma musical muy elaborada. Reconozcamos, sin embargo que, si estas obras parecen muy homogéneas, esta homogeneidad es a veces debilidad, por así decirlo “a pesar de ellas”, a causa de una ausencia de identidad de las faces del proceso de composición. Los compositores alcanzaron un alto nivel en la forma por la riqueza de su trabajo de creación que se sospecha pero que es velado por las olas de la marea musical. Sucede a menudo que, en la música de calidad, los “pilares ocultos” sostienen la cúpula de la forma –para no citar más que a Machaut, Ockeghem, Bach y Webern ; todo tipo de música sobre papel está justificada a partir del momento en que la expresión musical fue sostenida por la construcción del compositor : aquello que no se escucha pero que se sospecha puede a menudo elevar una aparente artesanía a arte. La música sobre papel no se justifica más a partir del momento en que la expresión musical toma el sentido de subproducto. Con excepción de algunas grandes obras, esta división interna parece haberse acentuado en el curso del desarrollo y de la generalización de los métodos de creación de música serial, estática y contemporánea : no se puede considerar más que con reservas la crítica de Adorno de 1954 ; pero sus pronósticos tomaron todo su valor alrededor de los años sesenta, época en que tuvieron lugar muchísimos cambios.
El desorden de la situación, el desdoblamiento del proceso de trabajo de ningún modo desapareció con la generalización del método serial, es decir la transferencia de un repertorio - elemento sobre un plano más global ; la situación se complicó cuando se introdujeron categorías abstractas como, por ejemplo, las constelaciones estructurales, los tipos de reparto y de movimiento y cuando entró en juego el azar. Por cierto resulto de esto una transferencia de importancia en el interior del proceso de trabajo, pero antes la ventana de la “preformación” tomó tal peso que tendió a absorber en ella la composición “propiamente dicha” : lo que resultó de esto se relacionó con la interpretación. Esto significa que la meta de la composición y con ella la creación de relaciones interiores, era una concentración en la “preformación” generalizada y tenía cada vez menos influencia sobre el resultado musical, sobre todo cuando ese resultado dependía del “segundo’ compositor, según las distancias más o menos grandes que tomaba en relación al primero. El desdoblamiento del proceso de la creación, del trabajo, que se manifestó primero en el interior mismo de la composición, fue lógicamente transmitido a diferentes personas. La transferencia de la realización musical al intérprete y finalmente la multiplicación de las fases del proceso de trabajo, se trate de un cierto número de intérpretes que se pasan de mano en mano (como en el caso del juego del teléfono descompuesto donde la resultante final casi no corresponde con el original) o de un cierto número de intérpretes que actúan simultáneamente pero no necesariamente unos en función de otros (todo eso creó un estado de hechos en el cual la música y, con ella, la forma musical no eran más intencionales y en la que la estructura no tenía ninguna importancia).

La música serial así también como la incluye al azar son, a pesar de sus métodos de trabajo en principio opuestos, extremadamente parecidas por el resultado : esto contribuyó al empobrecimiento de los tipos musicales –empobrecimiento en relación a la proliferación de los métodos de composición.

Si se considera este aspecto de la cuestión, se debe añadir que la oposición “determinación-indeterminación” no era tan marcada como los rasgos comunes no intencionales de los métodos de composición aparentemente antagónicos. Su punto común residía, desde el comienzo, en el hecho de que ellas empleaban los dos principios directrices bien definidos ; el método serial que se rige por los principios directrices de un número de constelaciones que utiliza de manera estereotipada, el “método del azar”, que se sirve de ciertas manipulaciones “pre o extra musicales” (los dados de Cage, las monedas, las constelaciones astrológicas) son tanto los fundamentos de la “preformación” como los planos rigurosos de los compositores de música serial, porque no son las distribuciones de números o los modelos de repartición de elementos los que determinan el resultado musical, sino, lo que es decisivo de la obra, es más bien el hecho de que nos sintamos obligados a reconocer una necesidad de distribuciones y reparticiones cualesquiera sean para generar un proceso de composición. Cada método que emplea un método de “preformación” general cualesquiera sean los principios directrices creados, además sobre el plano del efecto musical fuera del aislamiento del elemento particular, de las relaciones imprevistas en el método pero que se establecen por así decirlo, por ellas mismas y contribuyen a determinar el resultado.

Es la razón profunda de las “relaciones a pesar de ellas” y de las “formas a pesar de ellas”. Esto significa, si se considera el plano horizontal de desarrollo de la estructura musical, que la transferencia del sentido musical del conjunto o de ciertos elementos de formas importantes sobre los elementos aislados acarrea la aparición de lazos significativos bien determinados pero no intencionales que van al encuentro del aislamiento de los elementos que se tenía intención de crear. Pero, si se considera el plano vertical de la misma estructura, esto significa que constelaciones de azar que se desea independientes, “incongruentes”, conducen a una simultaneidad no intencional pero que toma un semblante de significación. La acción conjunta de dos dimensiones y las relaciones que les son aparentemente inherentes dan la impresión de la existencia de un sistema de relaciones en el interior de lo que era inicialmente incoherente.

De las realidades descriptas anteriormente resulta la siguiente cuestión : ¿es la forma musical móvil en las formas polivalentes descriptas arriba o bien esta movilidad pasará por otro plano que el de la forma musical ?.
La polivalencia y la movilidad son el resultado lógico de la tendencia a aislar los elementos particulares. Lo que no está ligado al contexto tiene la posibilidad de cambiar de lugar o de rol. (Se debe decir también acá que la función formal de los elementos aislados así como de los elementos agrupados en la forma no dependen de su lugar. Esto vale igual para el carácter a-vectorial de la función). El carácter permutable de los elementos existe ya en Webern en sus obras tardías, esta permutación queda en el dominio de lo posible. La movilidad es, por así decirlo, explotada en los trocados e inversiones de las partes que están firmemente ancladas en la estructura musical. El aislamiento creciente de estos elementos, resultado de los métodos de composición con “preformación” generalizada, condujo muy rápido a una permutabilidad real. Esto invirtió los planos sobre los que juega la movilidad. Y es justamente porque no existe en Webern más que potencialmente y que se encuentra sobre un plano imaginario que ella deviene una característica de la forma. Es cuando se la ha transpuesto sobre el plano de los real por oposición al plano abstracto de la forma que la permutabilidad devino una cualidad modelo del texto a escribir. De ahí resultaron varias posibilidades de interpretación de este texto y sin embargo cada una de estas interpretaciones no pueden conducir más que a un resultado bien definido en la realización musical. El texto escrito contiene una alternativa, lo que no es más el caso para la forma musical. Una vez creada, ella es la única variante del texto de múltiples interpretaciones posibles. La movilidad inicial queda sin influencia sobre el acontecimiento musical.

Todos los problemas que crean la polivalencia y la movilidad nacieron de la diferencia inicial entre las propiedades de una configuración y las de un acontecimiento en el tiempo, y, en el fondo, de la tendencia corriente a no separar con suficiente claridad estos dos dominios fundamentalmente diferentes ; aplicamos principios válidos en un cierto dominio y en otro sin haber examinado de cerca si esta operación es legítima o no.

Una escultura es, antes que nada, una configuración en el espacio. Pero un móvil, tomemos por ejemplo un móvil de Calder, agrega a su dimensión en el espacio la dimensión temporal. El género del móvil no es, en consecuencia, solamente una abstracción de su configuración en el espacio sino que lleva en él las transformaciones de la configuración espacio-tiempo. En música, nos encontramos en presencia de una situación inversa : su forma es el producto de la especialización imaginaria del proceso temporal, mientras que para una escultura móvil la forma es el producto del desarrollo temporal de objetos espaciales. La música, en tanto que proceso inicialmente temporal, es en esencia, movimiento (los casos de música estática son casos límites). Es por eso que no existe analogía entre música moderna y escultura móvil, no hay allí más que una transformación de mover el movimiento : esto resultará de nuevo movimiento. Como la movilidad es a la vez motor y parte integrante del proceso musical que ella espacializó en la forma musical y la determina, la forma musical misma no puede ser considerada como móvil. La movilidad es inherente a la forma, la forma misma no es móvil. Varias realizaciones musicales sucesivas de un texto que, es polivalente, son como una cadena de fotografías de un móvil de Calder.

Esto nos conduce a la conclusión de que la realización musical cualquiera sea, ligada a las notas o bien improvisada, no tiene en cuenta un texto ya tenga una o varias interpretaciones posibles : la polivalencia del texto no se conserva en el acontecimiento musical.
Estas consecuencias nos conducen en dos direcciones opuestas.

1. Por una parte las composiciones según el principio “do it yourself” tienden ya por su naturaleza, a pasar cada vez más del dominio sonoro al de la acción ; música, en tanto que acontecimiento espontáneo o posible, se vuelve efecto secundario en relación a la acción, y se fusiona con ella para constituir una “obra de arte total” (que se opone al Gesamtkunstwerk de Wagner).

2. Por otra parte la transferencia del peso en materia de composición abre la posibilidad de disponer de una forma como si fuera deseada. Esto significa que las relaciones en proceso musical. Y, al mismo tiempo, estamos obligados a reconocer a toda disposición y manipulación hablando de principios directrices anteriormente establecidos.

No es el proceso de composición lo que se da desde el comienzo sino la concepción de la forma entera, es decir la imagen evocada por la música que escuchamos. El método, cualquiera sea, se funda sobre el efecto musical previsto anteriormente ; es concebido en función de las exigencias formales de este resultado. Está al mismo tiempo libre y ligado. Libre, en lo concerniente a la visión que el compositor tiene de la forma, ligado a las exigencias formales que el compositor se ha formado. Tal proceso funciona si las ruedas de relaciones formales marchan perfectamente, un poco como en el método serial ; sólo basta que sus puntos de partida respectivos se sitúen en el lugar opuesto. Si partimos de la imagen preconcebida de la forma, llegamos a evitar los tipos fijos de música moderna evitando que lo no intencional se deslice. La imaginación llega a excluir desde un primer momento cualquier modelo musical inoportuno. Esto pondría fin al carácter flotante de la situación en que se encuentra la composición hoy, porque si suprimimos toda “preformación” la imaginación puede dejarse llevar plenamente a la libre creación exenta de toda traba. Sólo el espíritu creador que se renueva sin cesar puede evitar y combatir aquello que es rígido y fijo, el nuevo academismo : ni la calma ni la vuelta atrás son posibles sin sucumbir a la ilusión de un terreno firme que ya no existe.

NOTAS:

Conf. Th. W. Adorno. Anwelsungen zum Moren Neuer Musik, dans “Der getreue Rorrepetitor”, Francfort, 1963, pp. 95-96.
Cf. Th. W. Adorno. Fragment uber Musik und Sprache (1956) dans “quasi una fantasia”, Frankfort, 1963, pp.9-16.
Esto que decimos acá no concierne evidentemente a los dominios o métodos de composición musical que se sustentan en bases lógicas o matemáticas : estas composiciones (y sólo ellas) permiten conforme a su naturaleza una descripción exacta en la medida en que ellas no excedan al marco lógico, aritmético, o matemático de que se ha servido el compositor.
Frankfort, 1960.
La expresión “más que serial” o “más allá de lo serial” fue creada por Koenig ; parece preferible a otras para calificar las categorías musicales que no son seriales pero que contiene en ellas toda la experiencia de la música serial y que evitan radicalmente todo retorno a los tipos de música tradicional.
Cf. H. Brún, Against Plausibility, publicado en “Perspectives of New Music”, vol. 2, N° 1, Princeton, 1963, pp. 43-44.
En : Das Altern der Neuen Musik (1954), publicado en “Dissonanzen”, Góttingen, 1956.
En : Das Altern der Philosophie der Neuen Musik, publicado en la revista “Reihe”, cuaderno 4, Viena, 1958.
Cf. G. Ligeti. Wendlungen del musiklischen Form (1958), publicado en la revista “Reihe”, cuaderno 7, Viena, 1960, pp. 9-10.
Cf. G. Ligeti. Publicada ant. p. 17.


Sintaxis : parte de la gramática que enseña a coordinar y enlazar las palabras para formar las oraciones y expresar conceptos.

martes 14 de junio de 2011

Michel Foucault, Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas, prefacio.




PREFACIO

Este libro nació de un texto de Borges. De la risa que sacude, al leerlo, todo lo familiar al pensamiento —al nuestro: al que tiene nuestra edad y nuestra geografía—, trastornando todas las superficies ordenadas y todos los planos que ajustan la abundancia de seres,provocando una larga vacilación e inquietud en nuestra práctica milenaria de lo Mismo y lo Otro. Este texto cita "cierta enciclopedia china" donde está escrito que "los animales se dividen en a] pertenecientes al Emperador, b] embalsamados, c] amaestrados, d] lechones,e] sirenas, f] fabulosos, g] perros sueltos, h] incluidos en esta clasificación, i] que se agitan como locos, j] innumerables, k] dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, l] etcétera, m] que acaban de romper el jarrón, n] que de lejos parecen moscas".*

En el asombro de esta taxinomia, lo que se ve de golpe, lo que, por medio del apólogo, se nos muestra como encanto exótico de otro pensamiento, es el límite del nuestro: la imposibilidad de pensar esto. Así, pues, ¿qué es imposible pensar y de qué imposibilidad se trata? Es posible dar un sentido preciso y un contenido asignable a cada una de estas singulares rúbricas; es verdad que algunas de ellas comprenden seres fantásticos —animales fabulosos o sirenas—; pero justo al darles un lugar aparte, la enciclopedia china localiza sus poderes de contagio; distingue con todo cuidado entre los animales reales (que se agitan como locos o que acaban de romper el jarrón) y los que sólo tienen su sitio en lo imaginario. Se conjuran las mezclas peligrosas, los blasones y las fábulas vuelven a su alto lugar; nada de inconcebible anfibia, nada de alas con zarpas, nada de inmunda piel escamosa, nada de estos rostros polimorfos y demoniacos, nada de aliento en flamas. Aquí la monstruosidad no altera ningún cuerpo real, en nada modifica el bestiario de la imaginación; no se esconde en la profundidad de ningún poder extraño. Ni siquiera estaría presente en esta clasificación si no se deslizara en todo espacio vacío, en todo intersticio blanco que separa unos seres de otros. No son los animales "fabulosos" los que son imposibles, ya que están designados como tales, sino la escasa distancia en que están yuxtapuestos a los perros sueltos o a aquellos que de lejos parecen moscas. Lo que viola cualquier imaginación, cualquier pensamiento posible, es simplemente la serie alfabética (a, b, c, d) que liga con todas las demás a cada una de estas categorías. Por lo demás, no se trata de la extravagancia de los encuentros insólitos. Sabemos lo que hay de desconcertante en la proximidad de los extremos o, sencillamente, en la cercanía súbita de cesas sin relación; ya la enumeración que las hace entrechocar posee por sí misma un poder de encantamiento: "Ya no estoy en ayuno —dice Eustenes—. Por ello se encontrarán con toda seguridad hoy en mi saliva: Áspides, Amfisbenas, Anerudutes, Abedesimones, Alartraces, Amobates, Apiñaos, Alatrabanes, Aractes, Asteriones, Alcarates, Arges, Arañas, Ascalabes, Atelabes, Ascalabotes, Aemorroides, ..." Pero todos estos gusanos y serpientes, todos estos seres de podredumbre y viscosidad hormigueante, como las sílabas que los nombran, en la saliva de Eustenes, tienen allí su lugar común, como sobre la mesa de disección el paraguas y la máquina de coser, si la extrañeza de su encuentro se hace evidente es sobre el fondo de ese y, de ese en, de ese sobre, cuya solidez y evidencia garantizan la posibilidad de una yuxtaposición. Es, desde luego, muy improbable que las hemorroides, las arañas y los amabates vengan a mezclarse un día bajo los dientes de Eustenes, pero, después de todo, en esta boca acogedora y voraz encontrarían buen lugar de habitación y el palacio de su coexistencia.

La monstruosidad que Borges hace circular por su enumeración consiste, por el contrario, en que el espacio común del encuentro se halla él mismo en ruinas. Lo imposible no es la vecindad de las cosas, es el sitio mismo en el que podrían ser vecinas. Los animales "i] que se agitan como locos, j] innumerables, fe] dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello" ¿en qué lugar podrían encontrarse, a no ser en la voz inmaterial que pronuncia su enumeración, a no ser en la página que la transcribe? ¿Dónde podrían yuxtaponerse a no ser en el no-lugar del lenguaje? Pero éste, al desplegarlos, no abre nunca sino un espacio impensable. La categoría central de los animales "incluidos en esta clasificación" indica lo suficiente, por la referencia explícita a paradojas conocidas, que jamás se logrará definir entre cada uno de estos conjuntos y el que los reúne a todos una relación estable de contenido a continente: si todos los animales repartidos se alojan sin excepción en uno de los casos de la distribución, ¿acaso todos los demás no están en éste? Y éste, a su vez, ¿en qué espacio reside? El absurdo arruina el y de la enumeración al llenar de imposibilidad el en en el que se repartirían las cosas enumeradas. Borges no añade ninguna figura al atlas de lo imposible; no hace brotar en parte alguna el relámpago del encuentro poético; sólo esquiva la más discreta y la más imperiosa de las necesidades; sustrae el emplazamiento, el suelo mudo donde los seres pueden yuxtaponerse. Desaparición que queda enmascarada o, mejor dicho, irrisoriamente indicada por la serie alfabética de nuestro alfabeto, que sirve supuestamente de hilo conductor (el único visible) a la enumeración de una enciclopedia china... Lo que se ha quitado es, en una palabra, la célebre "mesa de disección"; y dando a Roussel una mínima parte de lo que siempre le es debido, empleo esta palabra "Mesa" en dos sentidos superpuestos: mesa niquelada, ahulada, envuelta en blancura, resplandeciente bajo el sol de vidrio que devora las sombras —allí, por un instante, quizá para siempre, el paraguas se encuentra con la máquina de coser—; y cuadro que permite al pensamiento llevar a cabo un ordenamiento de los seres, una repartición en clases, un agrupamiento nominal por el cual se designan sus semejanzas y sus diferencias —allí donde, desde el fondo de los tiempos, el lenguaje se entrecruza con el espacio.

Este texto de Borges me ha hecho reír durante mucho tiempo, no sin un malestar cierto y difícil de vencer. Quizá porque entre sus surcos nació la sospecha de que hay un desorden peor que el de lo incongruente y el acercamiento de lo que no se conviene; sería el desorden que hace centellear los fragmentos de un gran número de posibles órdenes en la dimensión, sin ley ni geometría, de lo heteróclito; y es necesario entender este término lo más cerca de su etimología: las cosas están ahí "acostadas", "puestas", "dispuestas" en sitios a tal punto diferentes que es imposible encontrarles un lugar de acogimiento, definir más allá de unas y de otras un lugar común. Las utopías consuelan: pues si no tienen un lugar real, se desarrollan en un espacio maravilloso y liso; despliegan ciudades de amplias avenidas, jardines bien dispuestos, comarcas fáciles, aun si su acceso es quimérico. Las heterotopias inquietan, sin duda porque minan secretamente el lenguaje, porque impiden nombrar esto y aquello, porque rompen los nombres comunes o los enmarañan, porque arruinan de antemano la "sintaxis" y no sólo la que construye las frases —aquella menos evidente que hace "mantenerse juntas" (unas al otro lado o frente de otras) a las palabras y a las cosas. Por ello, las utopías permiten las fábulas y los discursos: se encuentran en el filo recto del lenguaje, en la dimensión fundamental de la fábula; las heterotopias (como las que con tanta frecuencia se encuentran en Borges) secan el propósito, detienen las palabras en sí mismas, desafían, desde su raíz, toda posibilidad de gramática; desatan los mitos y envuelven en esterilidad el lirismo de las frases.

Parece ser que algunos afásicos no logran clasificar de manera coherente las madejas de lana multicolores que se les presentan sobre la superficie de una mesa; como si este rectángulo uniforme no pudiera servir de espacio homogéneo y neutro en el cual las cosas manifestarían a la vez el orden continuo de sus identidades o sus diferencias y el campo semántico de su denominación. Forman, en este espacio uniforme en el que por lo común las cosas se distribuyen y se nombran, una multiplicidad de pequeños dominios grumosos y fragmentarios en la que innumerables semejanzas aglutinan las cosas en islotes discontinuos; en un extremo, ponen las madejas más claras, en otro las rojas, por otra parte las que tienen una consistencia más lanosa, en otra las más largas o aquellas que tiran al violeta o las que están en bola. Sin embargo, apenas esbozados, todos estos agolpamientos se deshacen, porque la ribera de identidad que los sostiene, por estrecha que sea, es aún demasiado extensa para no ser inestable; y al infinito el enfermo junta y separa sin cesar, amontona las diversas semejanzas, arruina las más evidentes, dispersa las identidades, superpone criterios diferentes, se agita, empieza de nuevo, se inquieta y llega, por último, al borde de la angustia.

La incomodidad que hace reír al leer a Borges se transparenta sin duda en el profundo malestar de aquellos cuyo lenguaje está arruinado: han perdido lo "común" del lugar y del nombre. Atopía, afasia. Sin embargo, el texto de Borges lleva otra dirección; a esta distorsión de la clasificación que nos impide pensarla, a esta tabla sin espacio coherente, Borges les da como patria mítica una región precisa cuyo solo nombre constituye para el Occidente una gran reserva de utopías. ¿Acaso en nuestro sueño no es la China justo el lugar privilegiado del espacio? Para nuestro sistema imaginario, la cultura china es la más meticulosa, la más jerarquizada, la más sorda a los sucesos temporales, la más apegada al desarrollo puro de la extensión; la soñamos como una civilización de diques y barreras bajo la faz eterna del cielo; la vemos desplegada y congelada sobre toda la superficie de un continente cercado de murallas. Su misma escritura no reproduce en líneas horizontales el vuelo fugaz de la voz; alza en columnas la imagen inmóvil y aún reconocible de las cosas mismas.
Tanto que la enciclopedia china citada por Borges y la taxinomia que propone nos conducen a un pensamiento sin espacio, a palabras y categorías sin fuego ni lugar, que reposan, empero, en el fondo sobre un espacio solemne, sobrecargado de figuras complejas, de caminos embrollados, de sitios extraños, de pasajes secretos y de comunicaciones imprevistas; existiría así, en el otro extremo de la tierra que habitamos, una cultura dedicada por entero al ordenamiento de la extensión, pero que no distribuiría la proliferación de seres en ningún espacio en el que nos es posible nombrar, hablar, pensar.

Cuando levantamos una clasificación reflexionada, cuando decimos que el gato y el perro se asemejan menos que dos galgos, aun si uno y otro están en cautiverio o embalsamados, aun si ambos corren como locos y aun si acaban de romper el jarrón, ¿cuál es la base a partir de la cual podemos establecerlo con certeza? ¿A partir de qué "tabla", según qué espacio de identidades, de semejanzas, de analogías, hemos tomado la costumbre de distribuir tantas cosas diferentes y parecidas? ¿Cuál es esta coherencia —que de inmediato sabemos no determinada por un encadenamiento a priori y necesario, y no impuesta por contenidos inmediatamente sensibles? Porque no se trata de ligar las consecuencias, sino de relacionar y aislar, de analizar, de ajustar y de empalmar contenidos concretos; nada hay más vacilante, nada más empírico (cuando menos en apariencia) que la instauración de un orden de las cosas; nada exige una mirada más alerta, un lenguaje más fiel y mejor modulado; nada exige con mayor insistencia que no nos dejemos llevar por la proliferación de cualidades y de formas. Y, sin embargo, una mirada que no estuviera armada podría muy bien acercar algunas figuras semejantes y distinguir otras por razón de tal o cual diferencia: de hecho, no existe, ni aun para la más ingenua de las experiencias, ninguna semejanza, ninguna distinción que no sea resultado de una operación precisa y de la aplicación de un criterio previo. Un "sistema de los elementos" —una definición de los segmentos sobre los cuales podrán aparecer las semejanzas y las diferencias, los tipos de variación que podrán afectar tales segmentos, en fin, el umbral por encima del cual habrá diferencia y por debajo del cual habrá similitud— es indispensable para el establecimiento del orden más sencillo. El orden es, a la vez, lo que se da en las cosas como su ley interior, la red secreta según la cual se miran en cierta forma unas a otras, y lo que no existe a no ser a través de la reja de una mirada, de una atención, de un lenguaje; y sólo en las casillas blancas de esta tablero se manifiesta en profundidad como ya estando ahí, esperando en silencio el momento de ser enunciado.

Los códigos fundamentales de una cultura —los que rigen su lenguaje, sus esquemas perceptivos, sus cambios, sus técnicas, sus valores, la jerarquía de sus prácticas— fijan de antemano para cada hombre los órdenes empíricos con los cuales tendrá algo que ver y dentro de los que se reconocerá. En el otro extremo del pensamiento, las teorías científicas o las interpretaciones de los filósofos explican por qué existe un orden en general, a qué ley general obedece, qué principio puede dar cuenta de él, por qué razón se establece este orden y no aquel otro. Pero entre estas dos regiones tan distantes, reina un dominio que, debido a su papel de intermediario, no es menos fundamental: es más confuso, más oscuro y, sin duda, menos fácil de analizar. Es ahí donde una cultura, librándose insensiblemente de los órdenes empíricos que le prescriben sus códigos primarios, instaura una primera distancia con relación a ellos, les hace perder su transparencia inicial, cesa de dejarse atravesar pasivamente por ellos, se desprende de sus poderes inmediatos e invisibles, se libera lo suficiente para darse cuenta de que estos órdenes no son los únicos posibles ni los mejores; de tal suerte que se encuentra ante el hecho en bruto de que hay, por debajo de sus órdenes espontáneos, cosas que en sí mismas son ordenables, que pertenecen a cierto orden mudo, en suma, que hay un orden. Es como si la cultura, librándose por una parte de sus rejas lingüísticas, perceptivas, prácticas, les aplicara una segunda reja que las neutraliza, que, al duplicarlas, las hace aparecer a la vez que las excluye, encontrándose así ante el ser en bruto del orden. En nombre de este orden se critican y se invalidan parcialmente los códigos del lenguaje, de la percepción, de la práctica. En el fondo de este orden, considerado como suelo positivo, lucharán las teorías generales del ordenamiento de las cosas y las interpretaciones que sugiere. Así, entre la mirada ya codificada y el conocimiento reflexivo, existe una región media que entrega el orden en su ser mismo: es allí donde aparece, según las culturas y según las épocas, continuo y graduado o cortado y discontinuo, ligado al espacio o constituido en cada momento por el empuje del tiempo, manifiesto en una tabla de variantes o definido por sistemas separados de coherencias, compuesto de semejanzas que se siguen más y más cerca o se corresponden especularmente, organizado en torno a diferencias que se cruzan, etc. Tanto que esta región "media", en la medida en que manifiesta los modos de ser del orden, puede considerarse como la más fundamental: anterior a las palabras, a las percepciones y a los gestos que, según se dice, la traducen con mayor o menor exactitud o felicidad (por ello, esta experiencia del orden, en su ser macizo y primero, desempeña siempre un papel crítico); más sólida, más arcaica, menos dudosa, siempre más "verdadera" que las teorías que intentan darle una forma explícita, una aplicación exhaustiva o un fundamento filosófico. Así, existe en toda cultura, entre el uso de lo que pudiéramos llamar los códigos ordenadores y las reflexiones sobre orden, una experiencia desnuda del orden y sin modos de ser. Lo que trata de analizar este estudio es esta experiencia.

Se trata de mostrar en qué ha podido convertirse, a partir del siglo xvi, en una cultura como la nuestra: de qué manera, remontando, como contra la corriente, el lenguaje tal como era hablado, los seres naturales tal como eran percibidos y reunidos, los cambios tal como eran practicados, ha manifestado nuestra cultura que hay un orden y que a las modalidades de este orden deben sus leyes los cambios, su regularidad los seres vivos, su encadenamiento y su valor representativo las palabras; qué modalidades del orden han sido reconocidas, puestas, anudadas con el espacio y el tiempo, para formar el pedestal positivo de los conocimientos, tal como se despliegan en la gramática y en la filología, en la historia natural y en la biología, en el estudio de las riquezas y en la economía política. Es evidente que tal análisis no dispensa de la historia de las ideas o de las ciencias: es más bien un estudio que se esfuerza por reencontrar aquello a partir de lo cual han sido posibles conocimientos y teorías; según cuál espacio de orden se ha constituido el saber; sobre el fondo de qué a priori histórico y en qué elemento de positividad han podido aparecer las ideas, constituirse las ciencias, reflexionarse las experiencias en las filosofías, formarse las racionalidades para anularse y desvanecerse quizá pronto. No se tratará de conocimientos descritos en su progreso hacia una objetividad en la que, al fin, puede reconocerse nuestra ciencia actual; lo que se intentará sacar a luz es el campo epistemológico, la episteme en la que los conocimientos, considerados fuera de cualquier criterio que se refiera a su valor racional o a sus formas objetivas, hunden su positividad y "manifiestan así una historia que no es la de su perfección creciente, sino la de sus condiciones de posibilidad; en este texto lo que debe aparecer son, dentro del espacio del saber, las configuraciones que han dado lugar a las diversas formas del conocimiento empírico. Más que una historia, en el sentido tradicional de la palabra, se trata de una "arqueología".

Ahora bien, esta investigación arqueológica muestra dos grandes discontinuidades en la episteme de la cultura occidental: aquella con la que se inaugura la época clásica (hacia mediados del siglo xvii) y aquella que, a principios del xix, señala el umbral de nuestra modernidad. El orden, a partir del cual pensamos, no tiene el mismo modo de ser que el de los clásicos. Tenemos la fuerte impresión de un movimiento casi ininterrumpido de la ratio europea desde el Renacimiento hasta nuestros días, podemos pensar muy bien que la clasificación de Linneo, más o menos arreglada, puede seguir gozando en general de cierta validez, que la teoría del valor de Condillac se encuentra de nuevo por una parte en el marginalismo del siglo xix, que Keynes tenía una clara conciencia de la afinidad de sus propios análisis con los de Cantillon, que el propósito de la Grammaire générale (tal como la encontramos entre los autores de Port-Royal o en Bauzée) no está tan alejado de nuestra lingüística actual —pero toda esta casi continuidad al nivel de las ideas y de los temas es sólo, sin duda alguna, un efecto superficial; al nivel de la arqueología se ve que el sistema de positividades ha cambiado de manera total al pasar del siglo xviii al xix. No se trata de que la razón haya hecho progresos, sino de que el modo de ser de las cosas y el orden que, al repartirlas, las ofrece al saber se ha alterado profundamente. Si la historia natural de Tournefort, de Linneo y de Buffon está relacionada con algo que no sea ella misma, no lo está con la biología, con la anatomía comparada de Cuvier o con el evolucionismo de Darwin, sino con la gramática general de Bauzée, con el análisis de la moneda y de la riqueza tal como se encuentra en Law, Veron de Fortbonnais o Turgot. Quizá sea posible que los conocimientos se engendren, las ideas se transformen y actúen unas sobre otras (pero ¿cómo? hasta ahora los historiadores no nos lo han dicho); de cualquier manera, hay algo cierto: que la arqueología, al dirigirse al espacio general del saber, a sus configuraciones y al modo de ser de las cosas que allí aparecen, define los sistemas de simultaneidad, lo mismo que la serie de las mutaciones necesarias y suficientes para circunscribir el umbral de una nueva positividad.

De este modo, el análisis ha podido mostrar la coherencia que ha existido, todo a lo largo de la época clásica, entre la teoría de la representación y las del lenguaje, de los órdenes naturales, de la riqueza y del valor. Es esta configuración la que cambia por completo a partir del siglo xix; desaparece la teoría de la representación como fundamento general de todos los órdenes posibles; se desvanece el lenguaje en cuanto tabla espontánea y cuadrícula primera de las cosas, como enlace indispensable entre la representación y los seres; una historicidad profunda penetra en el corazón de las cosas, las aisla y las define en su coherencia propia, les impone aquellas formas del orden implícitas en la continuidad del tiempo; el análisis de los cambios y de la moneda cede su lugar al estudio de la producción, el del organismo se adelanta a la investigación de los caracteres taxinómicos; pero, sobre todo, el lenguaje pierde su lugar de privilegio y se convierte, a su vez, en una figura de la historia coherente con la densidad de su pasado. Sin embargo, a medida que las cosas se enrollan sobre sí mismas, sólo piden a su devenir el principio de su inteligibilidad y abandonando el espacio de la representación, el hombre, a su vez, entra, por vez primera, en el campo del saber occidental. Por extraño que parezca, el hombre —cuyo conocimiento es considerado por los ingenuos como la más vieja busqueda desde Sócrates— es indudablemente sólo un desgarrón en el orden de las cosas, en todo caso una configuración trazada por la nueva disposición que ha tomado recientemente en el saber. De ahí nacen todas las quimeras de los nuevos humanismos, todas las facilidades de una "antropología", entendida como reflexión general, medio positiva, medio filosófica, sobre el hombre. Sin embargo, reconforta y tranquiliza el pensar que el hombre es sólo una invención reciente, una figura que no tiene ni dos siglos, un simple pliegue en nuestro saber y que desaparecerá en cuanto éste encuentre una forma nueva.

Puede verse que esta investigación responde un poco, como un eco, al proyecto de escribir una historia de la locura en la época clásica; tiene las mismas articulaciones en el tiempo, iniciándose a fines del Renacimiento para encontrar, al principio del siglo xix, el umbral de una modernidad de la que aún no hemos salido. En tanto que en una historia de la locura se preguntaba de qué manera podía una cultura plantear en forma maciza y general la diferencia que la limita, aquí se trata de observar la manera en que experimenta la proximidad de las cosas, cuya tabla de parentescos establece, lo mismo que el orden de acuerdo con el cual hay que recorrerlas. Se trata, en suma, de una historia de la semejanza: ¿en qué condiciones ha podido reflexionar el pensamiento clásico las relaciones de similaridad o de equivalencia entre las cosas que fundamentan y justifican las palabras, las clasificaciones, los cambios? ¿A partir de qué a priori histórico ha sido posible definir el gran tablero de las identidades claras y distintas que se establece sobre el fondo revuelto, indefinido, sin rostro y como indiferente, de las diferencias? La historia de la locura sería la historia de lo Otro —de lo que, para una cultura, es a la vez interior y extraño y debe, por ello, excluirse (para conjurar un peligro interior), pero encerrándolo (para reducir la alteridad); la historia del orden de las cosas sería la historia de lo Mismo —de aquello que, para una cultura, es a la vez disperso y aparente y debe, por ello, distinguirse mediante señales y recogerse en las identidades.

Y si soñamos que la enfermedad es, a la vez, el desorden, la peligrosa alteridad en el cuerpo humano que llega hasta el corazón mismo de la vida, pero también un fenómeno natural que tiene sus regularidades, sus semejanzas y sus tipos, veremos qué lugar podría ocupar una arqueología de la mirada médica. De la experiencia límite del Otro a las formas constitutivas del saber médico y de éste al orden de las cosas y al pensamiento de lo Mismo, lo que se ofrece al análisis arqueológico es todo el saber clásico o, más bien, ese umbral que nos separa del pensamiento clásico y constituye nuestra modernidad. En este umbral apareció por vez primera esa extraña figura del saber que llamamos el hombre y que ha abierto un espacio propio a las ciencias humanas. Al tratar de sacar a la luz este profundo desnivel de la cultura occidental, restituimos a nuestro suelo silencioso e ingenuamente inmóvil sus rupturas, su inestabilidad, sus fallas; es él el que se inquieta de nuevo bajo nuestros pies.

* "El idioma analítico de John Wilkins", Otras inquisiciones, Emecé Editores, Buenos Aires, 1960, p. 142.
1 Los problemas de método que plantea tal "arqueología" serán examinados en una obra próxima.

Michel Foucault, Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas, prefacio. Siglo XXI editores. Buenos Aires, 1968.
Traducción de Elsa Cecilia Frost.

Ernst Cassirer: Antropologia Filosófica, cap. 2


II. UNA CLAVE DE LA NATURALEZA DEL HOMBRE: EL SÍMBOLO

EL BIÓLOGO Johannes von Uexküll ha escrito un libro en el que emprende una revisión crítica de los principios de la biología. Según él es una ciencia natural que tiene que ser desarrollada con los métodos empíricos usuales, los de observación y experimentación; pero el pensamiento biológico no pertenece al mismo tipo que el pensamiento físico o químico. Uexküll es un resuelto campeón del vitalismo y defiende el principio de la autonomía de la vida. La vida es una realidad última y que depende de sí misma; no puede ser descrita o explicada en términos de física o de química. Partiendo de este punto de vista Uexküll desarrolla un nuevo esquema general de investigación biológica. Como filósofo es un idealista o fenomenista, pero su fenomenismo no se basa en consideraciones metafísicas o epistemológicas sino que se funda, más bien, en principios em-píricos. Como él mismo señala, representaría una especie verdaderamente ingenua de dogmatismo suponer que existe una realidad absoluta de cosas que fuera la misma para todos los seres vivientes. La realidad no es una cosa única y homogénea; se halla inmensamente diversificada, poseyendo tantos esquemas y patrones diferentes cuantos diferentes organismos hay. Cada organismo es, por decirlo así, un ser monádico. Posee un mundo propio, por lo mismo que posee una experiencia peculiar. Los fenómenos que encontramos en la vida de una determinada especie biológica no son transferibles a otras especies. Las experiencias, y por lo tanto, las realidades, de dos organismos diferentes son inconmesurables entre sí. En el mundo de una mosca, dice Uexküll, encontramos sólo "cosas de mosca", en el mundo de un erizo de mar encontramos sólo "cosas de erizo de mar".
Partiendo de este supuesto general desarrolla Von
Uexküll un esquema verdaderamente ingenioso y original del mundo biológico; procurando evitar toda interpretación psicológica sigue, por entero, un método ob-jetivo o behaviorista. La única clave para la vida animal nos la proporcionan los hechos de la anatomía comparada; si conocemos la estructura anatómica de una especie animal estamos en posesión de todos los datos necesarios para reconstruir su modo especial de experiencias. Un estudio minucioso de la estructura del cuerpo animal, del número, cualidad y distribución de los diversos órganos de los sentidos y de las condiciones del sistema nervioso, nos proporciona una imagen perfecta del mundo interno y externo del organismo. Uexküll comenzó sus investigaciones con el estudio de los organismos inferiores y las fue extendiendo poco a poco a todas las formas de la vida orgánica. En cierto sentido se niega a hablar de formas inferiores o superiores de vida. La vida es perfecta por doquier, es la misma en los círculos más estrechos y en los más amplios. Cada organismo, hasta el más ínfimo, no sólo se halla adaptado en un sentido vago sino enteramente coordinado con su ambiente. A tenor de su estructura anatómica posee un determinado sistema "receptor" y un determinado sistema "efector." El organismo no podría sobrevivir sin la cooperación y equilibrio de estos dos sistemas. El receptor por el cual una especie biológica recibe los estímulos externos y el efector por el cual reacciona ante los mismos se hallan siempre estrechamente entrelazados. Son eslabones de una misma cadena, que es descrita por Uexküll como "círculo funcional".
No puedo entretenerme en una discusión de los principios biológicos de Uexküll; me he referido únicamente a sus conceptos y a su terminología con el propósito de plantear una cuestión general. ¿Es posible emplear el esquema propuesto por Uexküll para una descripción y caracterización del mundo humano? Es obvio que este mundo no constituye una excepción de esas leyes biológicas que gobiernan la vida de todos los demás organismos. Sin embargo, en el mundo humano encontramos una característica nueva que parece constituir la marca distintiva de la vida del hombre. Su círculo funcional no sólo se ha ampliado cuantitativamente sino que ha sufrido también un cambio cualitativo. El hombre, como si dijéramos, ha descubierto un nuevo método para adaptarse a su ambiente. Entre el sistema receptor y el efector, que se encuentran en todas las especies animales, hallamos en él como eslabón intermedio algo que podemos señalar como sistema "simbólico". Esta nueva adquisición transforma la totalidad de la vida humana. Comparado con los demás animales el hombre no sólo vive en una realidad más amplia sino, por decirlo así, en una nueva dimensión de la realidad. Existe una diferencia innegable entre las reacciones orgánicas y las respuestas humanas. En el caso primero, una respuesta directa e inmediata sigue al estímulo externo, en el segundo la respuesta es demorada, es interrumpida y retardada por un proceso lento y complicado de pensamiento. A primera vista semejante demora podría parecer una ventaja bastante equívoca; algunos filósofos han puesto sobre aviso al hombre acerca de este pretendido progreso. El hombre que medita, dice Rousseau, "es un animal depravado": sobrepasar los límites de la vida orgánica no representa una mejora de la naturaleza humana sino su deterioro. Sin embargo, ya no hay salida de esta reversión del orden natural. El hombre no puede escapar de su propio logro, no le queda más remedio que adoptar las condiciones de su propia vida; ya no vive solamente en un puro universo físico sino en un universo simbólico. El lenguaje, el mito, el arte y la religión constituyen partes de este universo, forman los diversos hilos que tejen la red simbólica, la urdimbre complicada de la experiencia humana. Todo progreso en pensamiento y experiencia afina y refuerza esta red. El hombre no puede enfrentarse ya con la realidad de un modo inmediato; no puede verla, como si dijéramos, cara a cara. La realidad física parece retroceder en la misma proporción que avanza su actividad simbólica. En lugar de tratar con las cosas mismas, en cierto sentido, conversa constantemente consigo mismo. Se ha envuelto en formas lingüísticas, en imágenes artísticas, en símbolos míticos o en ritos religiosos, en tal forma que no puede ver o conocer nada sino a través de la inter-posición de este medio artificial. Su situación es la misma en la esfera teórica que en la práctica. Tampoco en ésta vive en un mundo de crudos hechos o a tenor de sus necesidades y deseos inmediatos. Vive, más bien, en medio de emociones, esperanzas y temores, ilusiones y desilusiones imaginarias, en medio de sus fantasías y de sus sueños. "Lo que perturba y alarma al hombre —dice Epicteto—, no son las cosas sino sus opiniones y figuraciones sobre las cosas."
Desde el punto de vista al que acabamos de llegar podemos corregir y ampliar la definición clásica del hombre. A pesar de todos los esfuerzos del irracionalismo moderno, la definición del hombre como animal racional no ha perdido su fuerza. La racionalidad es un rasgo inherente a todas las actividades humanas. La misma mitología no es una masa bruta de supersticiones o de grandes ilusiones, no es puramente caótica, pues posee una forma sistemática o conceptual; pero, por otra parte, sería imposible caracterizar la estructura del mito como racional. El lenguaje ha sido identificado a menudo con la razón o con la verdadera fuente de la razón, aunque se echa de ver que esta definición no alcanza a cubrir todo el campo. En ella, una parte se toma por el todo: pars pro toto. Porque junto al lenguaje conceptual tenernos un lenguaje emotivo; junto al lenguaje lógico o científico el lenguaje de la imaginación poética. Primariamente, el lenguaje no expresa pensamientos o ideas sino sentimientos y emociones. Y una religión dentro de los límites de la pura razón, tal como fue concebida y desarrollada por Kant, no es más que pura abstracción. No nos suministra sino la forma ideal, la sombra de lo que es una vida religiosa germina y concreta. Los grandes pensadores que definieron al hombre como animal racional no eran empiristas ni trataron nunca de proporcionar una noción empírica de la naturaleza humana. Con esta definición expresaban, más bien, un imperativo ético fundamental. La razón es un término verdaderamente inadecuado para abarcar las formas de la vida cultural humana en toda su riqueza y diversidad, pero todas estas formas son formas simbólicas. Por lo tanto, en lugar de definir al hombre como un animal racional lo definiremos como un animal simbólico. De este modo podemos designar su diferencia específica y podemos comprender el nuevo camino abierto al hombre: el camino de la civilización.

en Cassirer, Ernst; antropología filosófica. Primera parte, cap. 2. Fondo de Cultura Económica, México. 1967.